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Los miles de chicos de la calle no deben ser invisibles

Perfil, 11 de abril de 2011
 
Los chicos de la calle parecen haberse convertido en parte del paisaje de las ciudades argentinas. Sólo en Buenos Aires hay, por lo menos, 3.500. Verlos genera angustia e impotencia. Pero hay que saber que se puede hacer algo. Se puede contactar a organismos públicos y ONGs especializadas en asistir a estos menores. PERFIL incluye aquí en forma destacada sus teléfonos. Y hay, además, una maravillosa escuela que, día a día, los educa casi sin recursos.
Por Agustina Grasso
 
 
Transparente. Un chico en plena calle. Ninguno de los transeúntes parece reparar en él. Los expertos dicen que hay que evitar “invisibizarlos”.
Cae la noche y Marcelo mira al cielo. No tiene un techo que lo cubra. Se peleó con su familia y la calle fue su escapatoria. “¿Sabés lo feo y triste que es eso? Te sentís muy solo”. Miles de niños comparten ese mismo hogar, la calle, donde día a día enfrentan situaciones que otros chicos de su edad ni conocen.
 
“Me peleé con mi familia y me fui, no aguantaba más,” cuenta Jonathan (no es su nombre verdadero), de 15 años, a PERFIL. Luego de viajar por varias provincias, llegó a la Ciudad de Buenos Aires y decidió quedarse. Allí limpia vidrios en las esquinas, hace malabares en los semáforos del microcentro, a veces pide plata en restaurantes y reparte estampitas en los trenes. “Si lográs sobrevivir ahí, podés con todo”, expresa desafiante. Como Jonathan, la mayoría de los niños de 10 a 15 años eligen como destino la gran ciudad. La ONG Médicos del Mundo Argentina registró en 2009 más de 3.500 menores en situación de calle y, un año antes, el Consejo de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes había censado sus actividades, con el siguiente resultado: limosneo, 26,4 %; cartoneo, 21,6; venta ambulante, 5,4 y malabares 1,4 por ciento.
 
En un 90%, provienen del Conurbano Bonaerense. El panorama es similar, aunque en menor escala, en otras urbes del país, como Rosario, Córdoba (capital), Mar del Plata y Bahía Blanca.
 
“Una monedita, por favor”, pide Jonathan casi todos los días en los trenes de la ex línea Sarmiento que conecta la gran Ciudad con la zona oeste del Conurbano bonaerense. A cambio, ofrece pequeñas tarjetas con dibujos y mensajes como: “Tres cosas irrevocables para la vida: el tiempo, las palabras y las oportunidades”. Algunos se la quedan y le dan una moneda, otros lo ignoran o le devuelven la postal.
 
Según las últimas cifras oficiales, que datan de 2006, en todo el país unos 900 mil niños de entre 5 y 13 años (más del seis por ciento del total) realizan alguna actividad laboral. No obstante, algunas estimaciones privadas consideran que el número rondaría el millón y medio si se incluyera en la estadística el trabajo doméstico. En el caso de la provincia de Buenos Aires, son 400 mil los menores que cumplen con obligaciones laborales. Esta práctica es una de las formas más comunes del trabajo infantil urbano y, para muchos especialistas en la materia, se transformó en una actividad invisibilizada y naturalizada por gran parte de la sociedad.
 
Además de pedir dinero, muchos niños revisan la basura, tratan de conseguir algo para comer, asisten a paradores, se pelean, duermen sobre cartones, y con suerte se cambian de ropa. Para ellos, cada día es un nuevo reto: “Ayer salté a defender a un amigo de una banda de pibes que lo quiso apurar con una navaja. Saqué mi cuchillo que era más largo, se asustaron y se fueron”, relata Johnatan, quien tiene en los brazos “cortes tumberos”, pequeñas lastimaduras que se realizó él mismo con navajas o cuchillos. “Se cortan a sí mismos para exteriorizar tristeza o disconformidad con algo que les sucede”, explica el coordinador del Centro de Atención Integral a la Niñez y Adolescencia (Caina) de la Ciudad de Buenos Aires, Emilio Zadcovich.
 
“Esta situación demuestra que ya no son niños, que se enfrentan a problemas que ni los adultos saben cómo resolver. Por ello, necesitan contención, no tienen una familia que los apoye”, agrega el psicólogo.
 
Johnatan no anda solo, arma “ranchadas”, grupos con pares que suelen cambiar con el tiempo. Según el último censo de chicos de la calle que realizó la Ciudad de Buenos Aires en 2008, el 80% de los chicos son varones. Los expertos en el tema explican que las niñas no suelen estar en la vía pública porque cuando desean irse de su hogar, tienden a conocer algún hombre más grande que les ofrece irse a vivir con ellos.
 
También aumentó el número de familias mendigando con sus hijos, una tendencia que según María Elena Naddeo, diputada de la Ciudad por el bloque Diálogo por Buenos Aires, se debe a la reducción de subsidios habitacionales.
 
 
Dime por qué. La situación de calle es un fenómeno que los estudiosos plantean que se da de a poco: los chicos, al principio, dejan de asistir a la escuela, se quedan en el barrio, empiezan a pedir, caen en las drogas, hasta que ya no vuelven a dormir a la casa.
 
¿Por qué lo hacen? Naddeo, diputada y ex presidenta del Consejo de Niños explica a PERFIL: “La problemática tiene que ver con dos causas. El proceso de empobrecimiento y marginalidad de distintas familias, que aumentó de manera considerable a partir de 2001, y la violencia familiar, los malos tratos y familias ensambladas, que producen que el chico quiera irse de su hogar.
 
Pablo, de 14 años, es de Gregorio de Laferrere, partido de La Matanza. Su papá vende droga y la mamá también. No solían hacerse cargo de él y, a veces, lo obligaban a consumir. No compartía esa forma de vida y se fue de su casa. Comenzó a parar en la estación de Laferrere, pedía dinero y juntaba cartones. Un día conoció al equipo del Envión, programa provincial que coordinan distintos municipios, y se fue tirando piedras y amenazando a una de las coordinadoras de querer quemarle el pelo. Dijo que no iba a volver nunca más. Tras ese episodio, el equipo le dijo que en esas condiciones no lo iban a aceptar en el grupo. Pablo lo entendió, volvió y avanzó mucho. Cada tanto asiste al grupo, pero tal como explica una de las operadoras del programa, Adriana Díaz, es un proceso lento con efectos a largo plazo: “Nosotros vemos resultados día a día con nuestras historias. Por ejemplo, chicos que retoman la escuela o comienzan a trabajar, pero para ver un cambio más amplio hay que esperar.”
 
A través de la Ley Provincial 13.298, se creó un sistema de promoción y protección de los niños, que exige que cada municipio cree una instancia que trate estos temas. Nelly Mendoza, directora coordinadora de la Comisión Provincial para la Prevención y Erradicación del Trabajo Infantil (Copreti), plantea que la Asignación Universal por Hijo ayudó a salir de la marginalidad a muchos chicos y volver a las escuelas. Aunque hay que hacer mayor hincapié en la permanencia en la escuela. En el mismo sentido, Naddeo considera que “la medida es ejemplar, pero que todavía debe llegar a los sectores más excluidos”.
 
Los chicos en situación de calle suelen establecer lazos con equipos municipales de Menos Calle o del programa Envión, en la provincia de Buenos Aires, con centros de días, paradores u otros espacios que existen tanto en Ciudad, en el Conurbano bonaerense como en el interior del país. Estos equipos terminan siendo los encargados de generar vínculos informales con los pibes, recomendarles asistencia médica o una dieta constante. Como dicen los operadores, “cada historia es un mundo”, por lo cual, la principal salida que se busca es tratar de que el niño restablezca los lazos con su familia. Pero al analizar la condición del hogar abandonado, los operadores se encuentran con que muchas veces no es saludable para el niño volver a su lugar de residencia o hasta los mismos padres creen que “están mejor en la calle”. A partir de allí, se busca algún albergue abierto, aunque denuncian que muchos no dan abasto y que hay pocos del Estado. “La clave está en que debe haber una articulación real entre todos los que trabajamos en el tema y más política públicas de inclusión”, remarca Susana Reyes, directora de la escuela para chicos de la calle, Isauro Arancibia.
 
 
Delito y adicciones. ¿Por qué la droga? “Estás en lo marginal y no tenés a nadie que se preocupe por vos. Así podés pasar el frío, el hambre y los problemas. Pero una vez que se te pasa el efecto, estás en la misma. Yo siempre me sentí solo, por eso llegué a lo que llegué”, explica Marcelo, que a los 9 años ya se encontraba en situación de calle, pero comenzó a asistir al colegio Isauro (ver recuadro) y con 30 años no sólo ya no vive más en la vía pública, sino que se convirtió en coordinador de la institución. “Te drogás con tantas cosas, pero lo más común es el paco, la pasta base, el pegamento y hasta la nafta”, recuerda Marcelo, a quien mucho no le agrada rememorar su pasado. Pero sabe que sirve de ejemplo para todos los chicos que creen que no existe una salida a su situación.
 
Esa vida llena de exigencias y abandonos conduce a muchos a las adicciones y al delito. Marcelo cuenta que la droga no borra nada y que, encima, lo llevaba a hacer cosas que ni él imaginaba. Con este tema surge el debate acerca de la baja de la edad de imputabilidad de los menores, con la cual la mayoría de los operadores de niños en situación de calle no acuerdan: “No hay que crear más cárceles, sino más escuelas que los contengan y programas de inclusión laboral que eviten la reincidencia y políticas de prevención”, defiende Reyes. Naddeo, por su parte, en relación con la problemática actual puntualiza que “en los casos de gravedad se los debería incluir en el sistema penal, pero sólo si este sistema cambia y brinda posibilidades de inserción social”.
 
Ahora, cuando mire al techo, Marcelo seguirá viendo las estrellas, pero tal vez no esté tan solo como cree.
 
Sigue
La escuela de la calle
 
 
La escuela comenzó con un cuaderno abierto, que cuando el alumno volvía después de meses seguía intacto en un cajón. Ya pasaron trece años desde la creación del colegio porteño Isauro Arancibia, pero sigue teniendo el mismo secreto: darle una oportunidad a los que eligen otra salida, estudiar. A la institución, única en el país especializada en jóvenes y niños en situación de calle, asisten de lunes a viernes más de cien alumnos de 12 a 20 años, que duermen en las estaciones de Constitución, Once y Retiro. Van al colegio para cursar la primaria, almorzar y, por las tardes, ir a talleres de oficios (panadería, electricidad, taller de cuero, taller de radio y video). El equipo profesional está compuesto por maestros, trabajadoras sociales y psicólogas. Laura, una de las maestras, cuenta a PERFIL el orgullo que siente por su trabajo: “Es el laburo que siempre quise tener, pero pensé que no existía. De hecho no existía, pero nos juntamos varios docentes que teníamos este sueño y lo hicimos realidad”. La historia del colegio está llena de lucha. Reiteradas veces quisieron cerrarlo, desde su apertura en 1998 como centro de alfabetización de la CTA para adultos. Pasó de contar con cuatro alumnos a atender las necesidades de los chicos más excluidos, sólo por reclamo de los maestros. Ahora funciona en un viejo edificio de Paseo Colón 1318, un espacio ocioso que les facilitó la Uocra. También posee un jardín maternal, donde concurren muchos hijos de las alumnas que rondan los 14 años. “Ellos vienen muy contentos, tienen ganas de estar, quizá porque encuentran el límite amoroso”, detalla su directora, Susana Reyes. La mayoría de los chicos van a dormir a la calle. Pero se levantan y asisten a la escuela y eso es lo que los integrantes del colegio valoran. Marcelo agrega que “los estudiantes lo ven como suyo, hay muchas escuelas que los marginan porque son violentos, se drogan y entonces no le dan la oportunidad de estudiar, pero acá no pasa”.
 
A pesar de los logros, la lucha aún no termina: el edificio no tiene mantenimiento, línea telefónica ni auxiliares, pero hay mucha voluntad por parte de los docentes y ganas de estudiar de los chicos que es lo que desde un primer momento hizo posible la existencia del Isauro.
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