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¿Y a mí cuándo me toca una familia?

El Grito del Sur, 6 de marzo de 2020
por Ludmila Ferrer

La adopción es un tema que suele reaparecer en la escena pública rodeado de un manto de burocracia y demoras. Pero, ¿qué sucede realmente con las familias que deciden adoptar un chico? Sólo el 17% de las familias adoptantes está dispuesta a recibir niñes de hasta 8 años y apenas un 3,57% aceptaría adoptar a 3 hermanitos. Crónica de los claroscuros de un sistema más centrado en los adultos que en les niñes.

Cuando se habla de adopción en Argentina, se suele escuchar que “es necesario cambiar la ley” porque las familias adoptantes “tienen que esperar mucho tiempo para recibir un niño”. Sin embargo, según los datos proporcionados en febrero de 2019 por la Dirección Nacional del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (DNRUA), sólo el 17 por ciento de las familias adoptantes está dispuesta a recibir niñes de hasta 8 años, mientras que el 89 por ciento restante quiere recibir niñes de hasta un año. “A nosotros nos saca el sueño que los niños sean los que tengan que esperar tanto tiempo para tener una familia sólo porque no tienen 0 años», afirmó Yael Bendel, Asesora General Tutelar. «Cada vez que uno va a un hogar, los chicos te preguntan: ‘¿y a mí cuándo me toca una familia?’”.

Emilia es madre de dos hijos, A. y B., a quienes adoptó hace 15 años cuando los chicos tenían 3 y 5 años, respectivamente. Ella había hecho tratamientos de fertilización asistida que no habían dado resultado. “Habíamos gastado un montón de plata y, además, son muy crueles esos tratamientos -recordó Emilia-. El tratamiento tiene un destino incierto, porque no sabés si va a funcionar o no, por eso yo recomiendo siempre la adopción porque te da una certeza: sabés que te anotás y que, en algún momento, vas a tener un pibe”.

Actualmente, en la Ciudad de Buenos Aires hay 180 niñes en situación de adoptabilidad, es decir, aquellos que un juez ha dictaminado que están en condiciones de formar parte de una familia a través de la figura de la adopción. “El número no es estático, pero siempre hay una relación de que el 20 por ciento de los chicos en hogares están en condiciones de ser adoptados. Este porcentaje se repite a nivel nacional”, explicó Bendel.

De acuerdo con un informe publicado en 2018 por la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (SENNAF) y UNICEF, el 30 por ciento de les niñes en situación de adoptabilidad tiene entre 0 y 5 años y el 70 por ciento tiene entre 6 y 17 años. “Entendemos que las cifras son un reflejo del deseo del adulto de tener a esos niños y convertirlos en su familia desde que son bebés. Hay personas que sólo pueden pensar que la familia se inicia con la llegada de un bebé y no tienen en cuenta que una familia puede conformarse sólo con la pareja o un niño de 5 o 6 años. En ese aspecto, falta mucho por deconstruir”, señaló la Asesora General Tutelar.

Bendel lamentó que, con frecuencia, los aspirantes argumentan que prefieren adoptar bebés porque “quieren que los niños se eduquen con sus reglas, sus costumbres”. “Hay un imaginario en el que piensan que, si son más grandes, los chicos no van a acatar estas normas. Las personas estamos todo el tiempo en un proceso de formación y cambio. Es ilógico pensar que tener 0 años es condición necesaria para que un niño acate las normas familiares”, aseguró.

A esto se suma que, a mayor edad tengan los niños, menor posibilidad tienen de ser adoptados. Según las estadísticas de la DNRUA, de un total de 3838 legajos de potenciales adoptantes, sólo el 0,99 por ciento acepta adoptar niñes de 12 años y la cifra es todavía menor en las edades siguientes. El 46, 2 por ciento acepta sólo un niño y, entre quienes aceptan 2 niñes o más, un 3,57 acepta hasta 3 y 0,16 hasta 4. Esto dificulta también el proceso de adopción de grupos de hermanos.

Cuando Emilia y su marido comenzaron el trámite de adopción, fueron al juzgado de Lomas de Zamora. “Queríamos formar una familia y dijimos ‘¡vamos a armarla!’. Cuando fuimos nos preguntaron cuántos chicos queríamos y dijimos que aceptábamos hasta 4 hermanos de hasta 6 años”. Emilia recordó que el trámite fue “súper burocrático” y que le hicieron una entrevista que fue “la nada misma”. Tres años después, a Emilia la llamaron del juzgado para decirle que “había dos gorditos”. “Nos citaron en el tribunal y ahí nos dijeron que eran dos”, contó.

¿Es una cuestión de ley?

“Cuando algo no funciona del todo bien, siempre decimos que ‘habría que cambiar la ley’”, mencionó Bendel, quien sostuvo que la legislación que regula la adopción en la Argentina “está bastante ajustada a los Derechos Humanos” -ya que se debe acatar lo establecido por la Convención sobre los Derechos del Niño-. “Tenemos un plexo normativo súper amplio y el nuevo Código Civil (promulgado a fines de 2014) le dio mucha luz a ese plexo normativo”.

La legislación sobre adopción ha sufrido distintas modificaciones a través del tiempo. En el Código Civil creado por Dalmacio Vélez Sarsfield, se contemplaba que el vínculo filial sólo podía ser biológico y recién en el año 1948 se incorporó el Instituto de la Adopción al derecho argentino. La ley que se encuentra hoy en vigencia es la 26.061, sancionada en 2005.

Cuando Emilia y su marido decidieron adoptar, el trámite no estaba centralizado y, por esta razón, se presentaron en el juzgado que les correspondía. La otra opción que tenían era dejar los papeles en las casas de las provincias a la espera de que un niño entrara en situación de adoptabilidad. “Año a año, renovabas un papelito que decía que todavía estabas interesado en adoptar”, acotó Emilia.

“Las leyes que tenemos son buenas para un buen sistema. Se pueden mejorar las normas procesales, pero la falla más importante es que la mirada está centrada en los adultos y no los niños que esperan para ser adoptados. Tenemos que tener en cuenta que la adopción es darle padres a los niños y no niños a los padres”, afirmó Bendel.

El proceso de adopción

Aquellas personas interesadas en adoptar deben acercarse a la oficina del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos que corresponda según su domicilio. Ahí serán asesorados respecto a qué documentación se requiere para iniciar el trámite, el cual es gratuito y no requiere contar con un abogado. “(En el Registro) se hacen talleres, evaluaciones, socioambientales y después se evalúa si estás en condiciones de ser admitido para poder adoptar o no. Este proceso puede durar nueve meses, un año, año y medio -enumeró Bendel-. Cuando uno le pide al Estado ahijar a un niño, se debe evaluar mucho a esa familia y tomar todos los recaudos para que ese niño esté bien cuidado”.

Una vez que esa persona, pareja o matrimonio es aceptado como aspirante, se le otorga un número de legajo. Cuando un niñe o un grupo de hermanos entra en situación de adoptabilidad, Bendel explicó que “un juez pide que le manden legajos del más antiguo al más nuevo de adoptantes que busquen un chico con estas características”, las cuales pueden ir desde el rango de edad, la posibilidad de que sea un grupo de hermanos o que tenga o no alguna enfermedad. “El juez los entrevista y decide si esa familia está bien para ese chico o no”, agregó la Asesora General Tutelar.

Una vez que el juez eligió una familia, comienza el proceso de vinculación. “Si es un bebé, no hay, pero si el niño es más grande los adoptantes van a visitarlo al hogar algunas veces -señaló Bendel-. Después pueden empezar a hacer salidas y más encuentros hasta que se otorga la guarda. Se sigue todo el proceso para ver cómo reacciona el niño a esta persona”. A partir de que se otorga la guarda preadoptiva (que debería durar un máximo de 6 meses), el niñe puede vivir con su familia adoptante hasta que un juez dicte la sentencia de adopción.

Sin embargo, muchas veces hay casos de “guardas frustradas”, también llamadas “devoluciones”, en los que no se concreta la adopción. “A partir de los 8 años, un 50 por ciento de los niños son devueltos. Hay menos devoluciones cuanto más pequeños son”, puntualizó Bendel.

Una época caótica, pero divertida

En el caso de Emilia, ella y su marido solicitaron que A. y B. se queden en su casa a los dos días de haberse conocido. “Era un drama. De pasar el día en la casa, con sus cosas, su cama, tenías que llevarlos al hogar. Eso es una buena idea si hay un acompañamiento atrás, pero para ellos vos sos un desconocido que les dice que va a volver a buscarlos y ya antes hubo otro que les dijo eso y no volvió más”, afirmó Emilia.

Ella lamentó que cuando atravesó el momento de vinculación con sus hijos “nadie te ayuda en nada”, pero su familia y amigos la contuvieron y respondieron sus dudas y consultas. “Fue una época caótica, pero bastante divertida. Pasamos de estar solos en una casa impecable a tener pibes que corrían todo el día. Y eso que tuve mil quilombos, pero el proceso fue súper divertido”, contó.

Aún así, Emilia opinó que el Estado debería tener una presencia más fuerte en los procesos de adopción y acompañar tanto a las familias como a les niñes que están en los hogares. Cuando fueron a buscar a A. y B., señaló, “en el hogar había una banda de pibes en las mismas condiciones” y quienes trabajaban ahí “era gente que hacía lo que podía con mucho afecto”. “El Estado no te dice nada, no te da un consejo, un manual o un número de teléfono. El primer año te lo pasás en los médicos y no tenés ni eso. ¿Se te enferman y adónde los llevás?”, inquirió.

El proceso de vinculación entre Emilia, A. y B. tomó un tiempo, “no pasó en el minuto uno”. “(Cuando llega) el pibe es un extraño, me dijeron lo mismo amigas que tuvieron bebés. No identificaba lo que tenía que hacer, pero en dos semanas se me pasó y empezó el encargarse porque son mis hijos”, contó. Una vez formado este vínculo, a Emilia le pasó “otra cosa espantosa”. “Pensás ‘¿dónde estaba yo esos primeros años donde ellos sufrían?’, te agarra una locura porque vos no pudiste protegerlos -recordó-. Ahí fue donde me di cuenta de que definitivamente tenía un vínculo permanente con ellos”.

Otra de las cosas que sorprendieron a Emilia fue cuando sus hijos comenzaron a llamarla “mamá”. Su hermano le había aconsejado que ella y su marido se dijeran “mamá” y “papá” entre sí para que A. y B. los llamaran de esta manera. “Y así fue. Tipo al día dos ellos se estaban bañando y desde la bañadera me gritaron ‘¡mamá, ya está!’. Fue re lindo -afirmó Emilia-. Ellos ya eran grandes, no es como un bebé que sos vos el que le enseña a hablar. Después de un tiempo, todavía me asombraba”.

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